Morsi, ¿un nuevo mártir del islamismo?

20/May/2015

Infobae, Por: Federico Gaon

Morsi, ¿un nuevo mártir del islamismo?

Mohamed Morsi, el ex presidente egipcio,
depuesto por la junta militar liderada por AbdelFattah al-Sisi en julio de
2013, ha sido sentenciado a muerte por un tribunal. Según las últimas noticias
reportadas por los medios internacionales, más de cien islamistas compartirían
su misma suerte bajo el crimen de haber confabulado con militantes del Hamás
palestino y el Hezbollah libanés para escapar de la prisión de Wadi el-Natrun en
2011, durante el tumulto social de la naciente Primavera Árabe. El interrogante
en boga esta jornada, entre analistas, funcionarios y periodistas, se traduce
naturalmente en la expectativa de qué ocurrirá en las próximas semanas. ¿Se
llevará a cabo la sentencia? Cabe preguntarse, tal vez más importante, ¿cuál
será la reacción a nivel regional entre los islamistas si el cabecilla de los
hermanos musulmanes es ejecutado?
Desde su llegada al poder, al-Sisi impuso una
política de mano dura para tratar con la Hermandad Musulmana. Su Gobierno acusa
a la misma de buscar socavar el espíritu de las protestas de la plaza Tahrir,
de mermar la estabilidad del país, y de poner a Egipto en liga con
organizaciones terroristas. En efecto, la junta militar le ha declarado la
guerra a los islamistas, y al-Sisi, quien está al tanto del nivel de
polarización en la sociedad, ha buscado legitimar su posición llamando a una
reforma del islam, abogando por su despolitización; atacando precisamente al
islam político o islamismo. En este sentido, Morsi está acusado por el Gobierno
de facilitar información clasificada a organizaciones islamistas
ideológicamente afines a su propia plataforma.
La condena a Morsi y a otros islamistas,
muchos de ellos juzgados in absentia, incluyendo al notorio clérigo egipcio
(residente en Qatar), Yusuf al-Qaradawi, considerado el líder espiritual de los
hermanos musulmanes, responde desde luego a una decisión política. En el mundo
árabe la pena capital es un castigo recurrente institucionalizado desde hace
tiempo. Situado el caso en contexto, en Egipto no se registra semejante
ofensiva contra la cúpula islamista desde la era de GamalAbdelNasser durante
las décadas de 1950 y 1960. Hace un mes la fiscalía intentó condenar a Morsi a
muerte, mas terminó condenándolo a veinte años de cárcel.
La revisión del fallo posiblemente se debe a
la ansiedad del Gobierno, ratificado electoralmente en mayo de 2014, por cerrar
un capítulo y poner coto definitivo a las aspiraciones del islamismo. Después
de todo, la Hermandad Musulmana es la fuerza de oposición más antigua y mejor
organizada, con la capacidad de movilizar a miles de manifestantes de un día
para el otro. Ante futuras eventualidades, los islamistas, desde el punto de
vista oficialista, no solo que resaltan como subversivos, sino que tienen el
verídico potencial de desestabilizar el país.
Para sus detractores, la Hermandad Musulmana
probó, como hicieran el Frente Islámico de Salvación (FIS) argelino, el Hamás
palestino y el Hezbollah libanes, que el islamismo es un movimiento autocrático
disfrazado de democrático. Morsi en algún punto selló su propio destino cuando
a finales de 2012 impulsó una constitución y firmó decretos que le permitían al
presidente posicionarse por encima de la ley, sometiendo el Poder Judicial a su
discrecionalidad. Morsi se reservaba el derecho de administrar el presupuesto,
promulgar leyes, y de formar la Asamblea constituyente, mostrando signos de
querer supeditar el proceso político a la ley islámica. Al anunciar la medida,
el islamista espetó a su pueblo declarando que sus decisiones no pretendían
recortar libertades. Alrededor de la mitad de la población interpretó lo
contrario, y a continuación siguieron las protestas masivas que culminaron en
junio de 2013 y decantarían en su deposición.
Desde entonces los partidarios de Morsi vienen
denunciando al Gobierno de al-Sisi por la presunta purga que viene llevado a
cabo para erradicar la plataforma islamista. En este aspecto, vale recalcar que
ven al rais (presidente) como una autoridad ilegitima por hacerse del mando
mediante un golpe de Estado. Ilustrando la postura de la Hermandad Musulmana,
MohammadSoudan, prominente miembro y portavoz de la agrupación (exiliado en
Reino Unido), en su momento sugirió que Morsi fue víctima de una conspiración
que involucró a factores domésticos y externos, y que en esencia su mandato fue
mucho más inclusivo y democrático que el del actual régimen castrense, siendo
que el líder habría consultado a liberales, izquierdistas y cristianos para
esbozar la polémica reforma constitucional que eventualmente precipito su
caída. La violencia religiosa contra cristianos, dijo Soudan, fue una operación
encubierta de los servicios de inteligencia para desprestigiar a la Hermandad
Musulmana. Haciendo eco de los pretextos clásicos del populismo, Soudan opina,
al igual que el grueso de sus copartidarios, que las protestas masivas en
contra de Morsi fueron un “circo mediático” orquestado por las fuerzas
reaccionarias del viejo régimen.
En concreto, la reacción a la condena de Morsi
y sus allegados no se hizo esperar. Estados Unidos y la Unión Europea
expresaron grave preocupación por este juicio, asumiéndolo como arbitrario y
claramente sesgado. Amnistía Internacional y Ban Ki-moon, el secretario general
de las Naciones Unidas, adoptaron la misma posición e insistieron en la nulidad
e ilegitimidad de la sentencia. Por su parte, ideológicamente cercano a Morsi,
el presidente turco RecepTayyipErdogan condicionó los vínculos bilaterales con
Egipto a la liberación del islamista. “Si Morsi es sentenciado a muerte hoy, en
verdad es un castigo contra la urna electoral”, dijo el mandatario, recalcando
que se trata de un hombre que fue elegido (en 2012) con el 52% de los votos.
Además de fuertes presiones externas, el
régimen de al-Sisi se enfrenta a importantes desafíos domésticos. Sobre Egipto,
el país más populoso del mundo árabe, se estima que la pobreza alcanza a un
cuarto de la población. Según los pronósticos más crudos, esta cifra englobaría
a la mitad de los casi 89 millones de sus habitantes. En añadidura, la
situación de los jóvenes, la fuerza motriz de las protestas sociales, es
precaria, siendo que existe un altísimo nivel de desempleo (cerca de un 30 por
ciento) que afecta principalmente a graduados que no pueden encontrar inserción
laboral. Más de la mitad de la población egipcia tiene menos de 25 años, y sin
embargo el Gobierno castrense últimamente ha mostrado signos de estar
enajenándose de esta audiencia masiva.
En tanto se hace aparente que al-Sisi ha
llegado para quedarse, el movimiento juvenil Tamarod (“rebelión”), instrumental
en volcar la opinión publica en contra de Morsi, ha quedado disminuido frente a
divisiones internas, y en definitiva se ha hecho irrelevante al lado de la
sombra que proyecta el rais. Desde su posesión del poder en 2013, al-Sisi ha
buscado estabilizar el país mediante la “regularización de la protesta” –
eufemismo que para muchos implica directamente su prohibición. Como último
eslabón en una serie de incidentes, el poder judicial falló hace un mes para
despedir a los empleados públicos que se pusieran en paro, una medida sin duda
destinada a desalentar la movilización del cuerpo asalariado.
De llevarse a cabo la sentencia de muerte que
pesa sobre Morsi y la dirigencia islamista, Egipto podría despertar nuevamente
ante un profundo tumulto social. Lo cierto es que si bien al-Sisi se revalidó
ganando las elecciones del año pasado con un arrasador 96 por ciento de los
votos, solo la mitad de la población acudió a votar. Por todo esto, la volatilidad
del contexto egipcio indica que de morir Morsi, un elevado porcentaje de la
población lo vería convertirse en un mártir que dio su vida por una causa
noble. En la liturgia callejera del mundo árabe, el martirio, una dignidad
imbuida de significación religiosa, suele concederse a todo quien da su vida en
la lucha contra las fuerzas de las percibidas tiranías.
Por esta razón desde lo personal estoy
convencido que de ser ejecutado, la breve gestión de un año de Morsi a la larga
dejará de ser una nota a pie de página en la historia egipcia, y en cambio
pasará a ser enaltecida y mistificada incluso por personas ajenas al movimiento
islamista.
Por otra parte, así como la represión de la
era nasserista repercutió en la radicalización del sector islamista, cabría la
posibilidad de que la historia se repitiese. El capítulo egipcio de la
Hermandad Musulmana, que en décadas pasadas se comprometió a no intentar llegar
al poder por medio de la violencia, podría fragmentarse en posiciones más
próximas a las que tienen los yihadistas más extremistas. Debe tenerse presente
que a pocas horas de anunciarse el veredicto contra Morsi y compañía, tres
jueces fueron asesinados, y uno resultó gravemente herido en el Sinaí del
Norte. En esta región desértica y escasamente poblada, radicales islámicos de
la familia del Estado Islámico (ISIS) vienen desarrollando desde 2011 una
insurgencia contra la autoridad, la cual se ha intensificado luego de que Morsi
fuera removido del palacio de Abdín.
De un modo u otro, el solo anuncio de la
sentencia no hace más que perpetuar la marcada polarización de la sociedad
egipcia, como así también perjudicar la imagen del régimen castrense a nivel
internacional. El veredicto final llegaría el 2 de junio, fecha límite en la
cual el gran muftí, la más alta autoridad religiosa egipcia, debe emitir su
opinión jurídica sobre el castigo. Si bien su juicio valorativo es influyente,
a fin de cuentas el clérigo no tiene discreción sobre la decisión final de la
corte. En esta medida todo apunta a que la decisión final gravita en torno al
poder político.
En vista del incremento en las actividades de
grupos islámicos dentro y fuera de las fronteras de Egipto, cabe la posibilidad
de que el juicio contra los hermanos musulmanes sea una maniobra para asentar
miedo. El aparato castrense necesita “impartir justicia” para sentar el ejemplo
y acertar un golpe de gracia contra la oposición islamista. La disyuntiva del
régimen, autocrático mas secular, deviene de las lecciones de la historia
reciente. Uno de sus desafíos consiste precisamente en cómo contrarrestar la
influencia islamista sin crear mártires en el proceso, y – como quien dice –
sin que el tiro le salga por la culata. Desde este punto de vista es realista
argumentar que los militares les tienen tanto miedo a los islamistas como los
islamistas a los militares.
Es de esperar que varios activistas islamistas
sean procesados y ejecutados, pero dada la coyuntura doméstica y externa, es
menos probable que la vida de Morsieste en riesgo. El hombre es un símbolo, y
su ejecución podría desatar justamente aquello que se busca evitar, y Egipto,
ante tales circunstancias, no puede permitirse la condena de las principales
potencias. Ahora bien, sea cual fuera el resultado, al-Sisi ha comunicado a los
cuatro vientos hasta dónde está dispuesto a llegar en su batalla contra el
islamismo. De momento solo cabe esperar a ver cuál será el veredicto
definitivo.